Dónde están los editores del siglo XXI

Acaba de salir el informe del Observatorio de Piratería y Hábitos de Consumo de Contenidos Digitales y, con todo el revuelo que se ha montado, no estaría más tratar de analizar cuál es la situación de la literatura.
Digo literatura y no ebook o libro electrónico porque, a fin de cuentas, estamos hablando de eso, de literatura, con independencia de su formato. Lo cierto es que a medida que el parque de ereaders y tablets aumenta, crece también el número de libros disponibles sin pasar por caja. Las declaraciones del director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España, Antonio María Ávila, no tienen desperdicio, demostrando que todas las indicaciones que se iluminaban como luces de alarma hasta llegar aquí han sido ignoradas y que, además, parece que va a seguir así.
Durante mucho tiempo se ha retrasado la aparición de las novedades en ebook, aunque se está trabajando ahora en ese camino, todavía hay cierto desfase. Resultado, las novedades aparecen por otros canales, y gratis. No hace falta que alguien rompa la débil protección del DRM de los libros electrónicos, no, la gente prefiere comprar un libro y pasarlo por el escáner y maquetarlo ellos mismos. Eso nos lleva a un segundo punto: ha pasado lo que hace un par de años ya decíamos en Lecturalia y muchos no se creían, los usuarios han aprendido a maquetar y ya lo hacen mejor que algunas editoriales de postín.
Habría que explicarle entonces al señor Ávila la situación a la que han llegado, una en la que sus asociados ofrecen productos caros, de manera tardía y, en ocasiones, de peor calidad que la que unos aficionados pueden hacer en su casa. Un caso a todas luces peor, incluso, que el de la industria de la música o el cine, que sí pueden apelar a la mejor calidad y el valor añadido de sus productos.
En cuanto a lo de que las editoriales se «irían de España», desconozco a qué lugar del pasado podrían viajar, pero lo que está claro es que en España se seguiría escribiendo y se seguiría leyendo, no sé de qué modo y en qué formato, pero lo que vendría a demostrar es que el papel decimonónico de la industria editorial -eso incluye a las distribuidoras- es cada vez menos necesario a medida que nos adentramos en la segunda década del siglo XXI.
Esperemos que los consejeros que se mueven alrededor de los editores recapaciten. Es muy difícil frenar una revolución tan social como tecnológica en la que habrá que establecer unas nuevas reglas de mercado y de relación entre autores, editores y lectores; pero lo que debería empezar a quedar claro para todos es que si hay alguien que puede sobrar en esa ecuación no son precisamente creadores o consumidores.

10 de noviembre de 2011 a las 9:57
Lo he sufrido en mis propias carnes, se te queda cara de tonto cuando “compras un ebook” y no tiene portada, no tiene marcas de capitulo, sin notas a pie de página … vamos una vergüenza.
11 de noviembre de 2011 a las 1:44
A mí me gusta leer textos con una apariencia y formas cuidadas. Desde hace cosa de dos años tengo la santa paciencia de convertir a ePub los libros que uso con mayor frecuencia. Y desde hace un par de semanas visito la iBookstore de Apple. He comprado en ella libros de calidad, pero, con más frecuencia, he tenido la precaución de descargar muestras y sentir cierta vergüenza ajena: caracteres inadecuados, mal uso de codificación (no es de recibo que no aparezca correctamente el símbolo de Copyright), hojas de estilo mal diseñadas, que obligan a usar párrafo justificado a pesar de que mi lector permite ignorar tal ajuste, índice con enlaces HTML duplicando el propio de la tabla de contenidos, típicos residuos de OCR –vava por vaya, anho por amo– que no se molestan en revisar y corregir, portada cutre con imagen borrosa resultante de una ampliación sin escrúpulos… Sinceramente yo, para mí, soy más cuidadoso y menos chapucero.
Y sí, yo soy de los que pasan libros por el escáner para uso particular. Fundamentalmente los que no tienen versión digital pero quiero a pesar de todo tener en mi iPad, y por los que –ojo al dato– pagaría encantado los siete o diez euros que vienen a costar. Pero claro (y cito un caso real), tengo un libro descargado de aquella manera de cualquier servidor, pongamos en PDF, tengo la paciencia de transformarlo desde Adobe Acrobat (copia legal, licencia académica), ajustarlo con Dreamweaver (copia legal, licencia académica) y pasarlo a ePub con Sigil. Hace unos días me lo encuentro en la iBookstore y por ética, respeto y legítimo pago a su autor, y también por animar el mercado digital, pago los 9,99 que cuesta y me encuentro con un churro que no resiste un comparación con mi versión.
La decepción es muy seria. Omito por comprensible prudencia el autor y el título.
Sigo visitando la iBookstore, pero cada vez tengo las estanterías virtuales de iBooks más llenas de muestras que no me decido a convertir en compra. Así que no puedo estar más de acuerdo con el autor de este artículo.
11 de noviembre de 2011 a las 21:46
En mi caso todavía soy un asiduo lector de libros convencionales. No dejo de apreciar un libro con buena tapa y excelentes hojas. Los que están a favor de los ebooks, consideran que de esa manera se se contribuye con el sostenimiento del medio ambiente ecológico al sacrificarse menos árboles, pero también es importante mencionar el gran avance que tiene la elaboración de libros con papel reciclado.
12 de noviembre de 2011 a las 12:21
Para la muestra un botón: en estos días compré el libro “Absurdistan” y verdaderamente que la maketación era “absurda”, una portada que no era portada, unos párrafos justificados otros no, sin un índice, en fin, la pregunta que me hice fue: A que juegan las editoriales, a convencerme de que es mejor comprar el libro físico?, la verdad que es curiosa su estrategia de negocio cuando los formatos electrónicos pareciera que se van a quedar. A todas estas ya se puede conseguir un Kindle desde 80 dólares!
8 de diciembre de 2011 a las 6:04
Señales que indican, también, la pertinencia de textos focalizados específicamente en el soporte digital y cibernético, porque la vertiginosa velocidad de la vida cotidiana, atizada en el caldero de los avances tecnologicos en comuniciones, estimula nuestra percepción audiovisual y nos hace más sensibles a productos equivalentes. Tal vez también por eso la literatura contemporánea se vuelve cada vez más “cinematográfica”.
12 de diciembre de 2011 a las 0:17
Para las vacaciones de verano compré dos libros que resultaron ilegibles y en, al menos, uno de ellos la editorial era consciente de su estado pero no lo habían arreglado y lo seguían (y siguen) vendiendo. Desde entonces me he vuelto a encontrar en esta situación dos veces más.
13 de diciembre de 2011 a las 12:15
[...] i a sobre estan millor que els llibres legals és que alguna cosa falla, com podeu veure en aquest blog. Un llibre electrònic no genera costos de fabricació (excloent el disseny de la coberta i la [...]