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Entradas de agosto de 2010

Reverte telenovelizado

31 de agosto de 2010 en Noticias

Reina del Sur

En varias ocasiones hemos hablado de escritores cuyas obras han sido llevadas de forma habitual al cine, tal es el caso de Stephen King o Philip K. Dick. En España también tenemos nuestro particular “Stephen King”, nada menos que el escritor y periodista cartagenero Arturo Pérez Reverte. Hace unos meses se supo que su novela La reina del sur iba a tener una versión muy particular: se va a convertir en una telenovela coproducida por la mexicana Televisa y la española Antena 3. Estas cadenas contarán con sus propias versiones de la novela: así, Televisa tendrá al finalizar el rodaje una serie de 60 capítulos mientras que la versión para Antena 3 será bastante más corta al limitarse sólo a 13 episodios. Esto puede resultar engañoso: debido a las diferencias de gustos televisivos y necesidades de programación entre España y México la versión mexicana constará de capítulos más cortos, aunque de todas formas Antena 3 parece dispuesta a meter la tijera en la producción final para aligerar el resultado final.

Es difícil aventurar cómo va a resultar esta adaptación, pero haciendo un repaso a todas las versiones de novelas de Arturo Pérez Reverte podríamos casi asegurar que no va a ser la peor de todas.

La primera de ellas fue El maestro de esgrima, que vio la luz en 1992 de la mano de Pedro Olea. La película, sin ser nada del otro mundo, resultaba un entretenimiento más que aceptable. También conseguirían el aprobado Cachito (basada en Un asunto de honor) y, sobre todo, Territorio comanche, ambientada en la Guerra de Bosnia. Una de las últimas en llegar al cine, La carta esférica, dirigida por Imanol Uribe, también podría ser considerada una película recomendable, aunque resulta fallida por varias razones. Para terminar con las adaptaciones que yo particularmente salvaría de la quema, incluiría en esta lista a la más cara de todas ellas, Alatriste, que seguramente intentó condensar en 140 minutos un número demasiado elevado de páginas pero que, no obstante, salvaba con un aprobado una empresa tal vez demasiado ambiciosa y que, al menos, nos dio una ambientación cuidada y una de las mejores escenas de batalla, por no decir la mejor, de la historia del cine español.

Aparte de estas películas, nada hay salvable en las adaptaciones al cine (y la televisión) de las obras de Arturo Pérez Reverte. La tabla de Flandes (Jim McBride, 1994), fue una insulsa producción de intriga ambientada en la Ciudad Condal que a ratos roza el despropósito. Quart. El hombre de Roma (Jacobo Rispa, 2007) no es exactamente una adaptación de la superventas La piel del tambor, con la que comparte algún personaje y poco más, pero no deja de ser un acercamiento nefasto, casi vergonzoso me atrevería a decir, a la obra del autor. Gitano (Manuel Palacios, 2000) no está basada en ninguna novela de Pérez-Reverte, pero el guión es suyo, y hay que sincerarse y afirmar que se trata de una de las peores películas españolas de los últimos años. Mala. Mala a rabiar. Mala hasta decir basta.

La guinda se la lleva, en mi opinión, la versión que Roman Polanski hizo en 1999 de la novela El club Dumas, llamada de forma elocuente La novena puerta (cualquiera que haya leído la obra se dará cuenta de que este cambio no es nada inocente). Fue una auténtica pena ver cómo una de las obras más inteligentes de la historia reciente de la literatura española de masas era convertida en algo tan plano, tan vacío, tan estúpido y tan predecible. Al menos tiene un récord triple: es la peor adaptación de una novela de Pérez-Reverte, la peor película dirigida por Polanski y, casi seguro también, la peor interpretación en papel protagonista de Johnny Depp.

Vistos los antecedentes, pocas esperanzas podemos hacernos con La reina del sur. Vistas tantas y tan mediocres, por lo general, adaptaciones, tal vez no estaría de más que Pérez-Reverte se involucrara más en estos proyectos cinematográficos para impedir ciertas barbaridades que han jalonado estas producciones. O tal vez me esté equivocando, tal vez el murciano lo haga ya de forma metódica, en cuyo caso hay que afirmar que es tan buen escritor como mal guionista.

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Firmin, de Sam Savage

30 de agosto de 2010 en Reseñas

Firmin

Firmin: aventuras de una alimaña urbana es la primera novela de Sam Savage y fue publicada en una pequeña editorial de Minneapolis para pasar a ser todo un best seller gracias al boca a boca superando el millón de ejemplares vendidos en todo el mundo.

Firmin no es una rata cualquiera aunque así lo pueda dar a entender su origen: parte de una camada de ratas de una rata callejera, parida en un rincón de un sótano cualquiera. Pero es justamente la ubicación de este sótano, el almacén de una librería, lo que convierte a Firmin en una rata especial. Porque no sólo nació en un nido hecho con las páginas de Finnegans Wake si no que es capaz de reconocerlo como tal y siempre lamentará no poder leer aquellas páginas que su madre, que después de todo no era más que una rata, destrozó sin miramientos.

Firmin es enclenque y muy diferente de sus hermanos, únicamente interesados en roer y sobrevivir. Él está más interesado en los libros reconociéndolos por su sabor, aunque, poco a poco, deja de comérselos, para pasar a devorarlos como cualquier bibliófilo, régimen que acaba por convertirlo en una especie de humano encerrado en un cuerpo de rata. Porque Firmin reconoce las palabras, sabe leer y, con las lecturas, va alcanzando un gran conocimiento del mundo; eso sí, más del mundo humano próximo a él que el de las propias ratas. O eso cree él, pequeño erudito peludo de aspecto repulsivo. Su moral es humana así como sus gustos y apetitos. Pobre bicho.

Cuando todos sus hermanos abandonan el nido él se queda en el sótano, sintiéndose la rata más feliz del mundo al tener a su alcance la librería y poder, no solo leer, si no también contemplar desde sus escondites el pequeño mundo humano que es la tienda. Así conoce a Norman y a Jerry, los dos humanos a los que más cercano se siente. Pero relacionarte con las personas cuando tu aspecto es el de una rata de alcantarilla feucha y tus intentos de hablar se transforman en chillidos no es fácil.

Firmin tiene también una gran imaginación, y en sus ensoñaciones tienen un lugar preferentes Fred Astaire y Ginger Rogers, a quienes conoce gracias al cine del barrio, pero también los escritores y sus propias historias, sus propios libros nunca escritos.

La vida de Firmin es triste como solo puede serlo la de alguien incapaz de relacionarse con los suyos (¿las ratas? ¿los humanos?) un paria en sus dos mundos, pero está repleta de grandes momentos. Probablemente haya tenido la vida más interesante que puede pedir una rata pero no haya sido, en absoluto, la más feliz. Para una rata que podría reconocer la felicidad

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La asombrosa vida de Roald Dahl

29 de agosto de 2010 en Divulgación

Charlie y la fábrica de chocolate

Muchos conoceréis el nombre de Roald Dahl, posiblemente por sus libros infantiles, posiblemente por las adaptaciones cinematográficas que se han realizado de ellos. Seguramente su obra más famosa es Charlie y la fábrica de chocolate, que tuvo su segunda y más reciente versión en Hollywood con un espléndido Johnny Depp caracterizado como protagonista de esta bizarra historia. Seguro que también os suenan otros títulos, como Mathilda, James y el melocotón gigante o Las brujas. Cualquiera que haya leído sus obras infantiles se habrá percatado del tenebroso tono amargo que inunda sus narraciones aparentemente inocentes, y cualquiera que haya leído sus obras para adultos habrá reparado en la crueldad que suele estar presente en ellas. Teniendo en cuenta el concepto fatalista que tenía Dahl de la vida en general, y su propia experiencia en ella, esto no es de extrañar.

Una reciente biografía, de la mano de su amigo Daniel Sturrock, se ha ganado a pulso el título de “biografía definitiva” de este genial autor anglosajón. En ésta se narran las peripecias de un Dahl aventurero, que fue espía y piloto; de un Dahl mujeriego, que mantuvo relaciones con innumerables bellezas de Hollywood y miembros de la alta sociedad estadounidense; y finalmente, de un Dahl padre de familia. Es en esta última fase de su vida en la que toman forma los demonios y los malos presentimientos del escritor, que comienzan con el terrible accidente de su tercer vástago, su primer hijo varón, que con menos de un año fue atropellado en una calle céntrica de Nueva York, y que recibió severos daños craneales que no hacían más que remitir y poner su vida en peligro una y otra vez. El propio Dahl, agente activo luchador contra su propio destino, fue quien salvó a su hijo, creando, con la ayuda de un ingeniero amigo de la familia y de un psiquiatra pionero, un tubo especial y revolucionario que conseguía desviar el líquido acumulado en la cabeza de su hijo hacia el corazón (ya existían tubos de este tipo, pero se obstruían frecuentemente, lo que obligaba a los médicos a operar al niño repetidamente). Lamentablemente no pudo hacer lo mismo por su hija Olivia, quien falleció poco tiempo después debido a una rara complicación tras un caso aparentemente inocuo de sarampión. Dahl había vacunado a su hijo contra el sarampión (o más bien le había inoculado una sustancia de efectos similares a la vacuna del sarampión, que no estuvo disponible al público en general hasta 1963), pero no se había molestado en hacerlo con sus hijas, ya que los médicos aconsejaban que los niños sanos la pasasen. Evidentemente Dahl se culpó siempre de la muerte de Olivia.

Y cuando la situación parecía no poder ponerse peor, la esposa de Dahl, la conocida actriz Patricia Neal, sufrió un terrible infarto que la dejó en un estado lamentable, sin apenas poder hablar o moverse. Dahl se convirtió en un gran tirano que no la dejó compadecerse ni por un momento; temiendo un estado depresivo en Pamela, la obligó a trabajar de manera imparable en su recuperación, algo que consiguió en un tiempo casi milagroso gracias a múltiples métodos draconianos. Roald sabía que la muerte y la tragedia lo acechaban, pero no pensaba rendirse ante ella, y fue esta gloriosa aceptación de lo terrible lo que se insinuó, una y otra vez, en sus textos, incluso en aquellos dirigidos hacia los más pequeños.

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Animales de la literatura

28 de agosto de 2010 en Divulgación

Moby Dick

Muchos son los animales que se han hecho famosos gracias a obras literarias. De hacerse una encuesta entre los lectores de todo el mundo, estoy seguro de que algunos de los que voy a mencionar a continuación estarían entre los más votados.

Ni que decir tiene que Moby Dick estaría en el “top-10” de animales ficticios más populares de todos los tiempos. Este enorme y peligroso cachalote blanco se convirtió en inmortal tras la publicación de la novela homónima por parte del escritor estadounidense Herman Melville en 1851. La novela ha dejado principalmente dos personajes imborrables para la historia de la literatura: la propia Moby Dick y el capitán del barco ballenero Pequod, el indescifrable capitán Ahab. Hay que señalar que Moby Dick está basado en un cachalote albino real, llamado por los balleneros de la época Mocha Dick, que después de docenas de escaramuzas con navíos de varios tamaños fue finalmente abatido en 1838 frente a las costas chilenas. A esta ballena real se une otro hecho contemporáneo a Melville, el de un barco ballenero, el Essex, que sostuvo una épica batalla con un cachalote en 1820, yéndose finalmente a pique. Los supervivientes, divididos en varios grupos, tuvieron incluso que recurrir al canibalismo para poder sobrevivir.

Otro animal ficticio ampliamente conocido por el público es Shere Khan, el tigre protagonista de varios cuentos de Rudyard Kipling. Fue él el que, tras hostigar a los padres de Mowgli, hizo que éstos perdieran al pequeño humano, que sería después recogido por una pareja de lobos, que le dieron ese nombre debido a su carencia de pelo (Mowgli significaría literalmente “La rana”). Shere Khán, en la obra de Kipling, es un tigre de Bengala lisiado (sufre de una cojera que lo convierte en algo menos temible y en un rival aceptable y no imposible para Mowgli en su adolescencia). No es el único animal de “El libro de la selva” (o “El libro de las tierras vírgenes”) que es notablemente famoso: también hay que señalar a los dos lobos que ejercen de padres del niño, Ramma y Raksha, al jefe de la manada de lobos, Akela, al oso Baloo, la pantera Bagheera o la serpiente Kaa. Llama la atención que uno de los personajes más populares de la adaptación al cine de Walt Disney, el rey mono Louie, no aparezca en la obra de Kipling. Es más, dado que el pueblo de los monos aparece en estas historias como un ejemplo total de anarquía, la figura de Louie no hubiera tenido ningún sentido.

Otros animales muy famosos serían, por ejemplo, el fiel caballo de Don Quijote, Rocinante, un corcel que, aunque en palabras del caballero andante era “mejor montura que los famosos Babieca del Cid y Bucéfalo de Alejandro Magno“, al parecer no era más que un saco de huesos no mucho mejor que el asno en el que viajaba el pobre Sancho Panza.

Platero, ese burro imaginado por Juan Ramón Jiménez, ha dado lugar a uno de los inicios más conocidos de la literatura hispanoamericana. ¿Quién no recuerda estas líneas?

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas,las florecillas rosas, celestes y gualdas. Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mi con un trotecillo alegre, que parece que se ríe en no se qué cascabeleo ideal.

Si Platero inspiraba ternura, y muchos fuimos los que lloramos con su muerte siendo niños, a unas edades parecidas hubo otro animal imaginario que nos puso los pelos como escarpias: el famoso sabueso gigante de los Baskerville, un chucho de tamaño descomunal que parecía estar al cuidado de una maldición centenaria. Dadle las gracias de tantos y tantos escalofríos a Arthur Conan Doyle. Afortunadamente, allí estaba Sherlock Holmes para desenmascarar el engaño, precisamente en una novela en la que el protagonista absoluto es el doctor Watson.

Todos estos animales, sin embargo, tienen que compartir protagonismo con humanos. Si queremos mencionar una obra en la que los animales son los auténticos amos (y nunca mejor dicho), nada mejor que recordar a los protagonistas y secundarios de “Rebelión en la granja“, la alegórica obra de George Orwell, en donde los humanos sólo aparecen en un segundo plano. O tal vez no, pero he ahí la gracia de esta genial novela.

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Literatura Histórica III: Antigua Grecia

27 de agosto de 2010 en Divulgación

Salamina

Uno de los periodos más importantes para el desarrollo de la cultura occidental, su filosofía y pensamiento es, sin duda, la Antigua Grecia.

De los griegos nace gran parte de nuestra cultura y gracias a ellos tenemos unas primeras leyendas escritas y cantadas a lo largo de los siglos. Sus mitos conforman, junto con Roma, de la que hablaremos más adelante, una base común para casi toda Europa. Simplemente hablando de Homero y de la Iliada tendríamos suficiente para conocer y hablar de aquella épica casi mítica que va desde las primeros conflictos anteriores a Troya al gran Imperio de Alejandro Magno.

Dentro de la literatura son incontables las obras que han dispuesto su escenario en la Antigua Grecia, aunque no hay tantas que cumplan un mínimo de seriedad y muchas de ellas aprovechan esa época de héroes mitificados para colar aventurillas más cercanas a la fantasía que la historia real.

Dejando a un lado la gran influencia de la novela negra, como para en Roma, a la que dedicaremos un artículo de manera exclusiva, podríamos empezar con uno de los clásicos del género, Robert Graves y su El vellocino de oro, todavía en una época indefinida pero que el buen hacer de Graves convierte en una novela muy interesante.

Otro de los conocidos por los amantes del género, Valerio Massimo Manfredi, tiene unas cuantas obras a destacar, como Talos de Esparta, El talismán de Troya o la serie de Alexandros, en la que narra la vida de una de las más queridas figuras de esta época: Alejandro Magno. Kazantzakis tiene una obra también Alejandro el grande, de obligada lectura sobre el mito.

Nicholas Nicastro también destaca con Hijos de Esparta, hay que tener en cuenta que tras el éxito de la película 300 -basada en un cómico poco histórico y muy personal-, el interés por el mundo espartano ha crecido en los últimos años con títulos como Hijos de Heracles, de Teo Palacios.

Otro de los autores dedicado casi en exclusiva a Grecia, aunque más al mundo de la guerra que a la propia cultura, es Steven Pressfield, con varios libros sobre Alejandro y sus campañas bélicas, como La campaña afgana, por ejemplo.

No podemos dejar de hablar de este rico subgénero de la novela histórica sin mencionar a Mary Renault, prolífica autora que escribió clásicos como La máscara de Apolo, El rey debe morir o El muchacho persa, libros en los que se destaca el mundo sexual griego, algo que muchos autores han preferido dejar de lado.

A título personal, recomendar tres novelas de un autor español, Javier Negrete, que harán las delicias de los aficionados al mundo griego. Una de ellas es estrictamente histórica, La gran aventura de los griegos, otra con más dosis de aventuras, Salamina, y la tercera entraría dentro del género fantástico, siendo ganadora del Premio Minotauro, Señores del Olimpo.

Esta selección, claro, no puede ser otra cosa que una pequeña ventana al increíble número de libros dedicados a la Antigua Grecia. ¿Cuáles son vuestros favoritos? Os esperamos en los comentarios.

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Oesterheld y el Eternauta

26 de agosto de 2010 en Divulgación

Eternauta

Hablar de Héctor Germán Oesterheld y de El Eternauta es hacerlo de uno de los más grandes guionistas de cómic argentinos de todos los tiempos y de su obra cumbre, ampliamente difundida por los países de habla hispana y de una trascendencia que escapa a los límites del cómic. No estamos hablando de una mera obra de ciencia ficción, eso desde luego, sino de todo un símbolo de la convulsa situación política argentina del tiempo que Oesterheld le tocó vivir.

Publicada por primera vez en los años 50, El Eternauta fue ilustrada por Francisco Solano López, pero años más tarde volvió a ver la luz, tras una profunda reescritura del guión, siendo esta vez Alberto Breccia, uno de los historietistas más importantes de la historia de la República Argentina, el encargado de darle vida y forma al guión de Oesterheld. La nueva versión, que apareció en 1969, se posicionaba políticamente de forma más violenta (hubo otra años más tarde, ya en vísperas de la llegada de los militares al poder, de nuevo ilustrada por Solano López), lo que puede que condenara a muerte a Oesterheld, que fue uno de los miles de desaparecidos durante el Proceso de Reorganización Nacional, presumiblemente por su biografía de Ernesto Guevara pero también, indudablemente, por las connotaciones de su más conocida obra. Fue secuestrado el 27 de abril de 1977; para entonces ya habían desaparecido cuatro hijas suyas, de entre 18 y 25 años. Se desconoce la fecha de su muerte, aunque están documentadas sus estancias en Centros Clandestinos de Detención tales como “El Vesubio”, en el que también estuvo retenido ilegalmente y sometido a tortura, entre muchos otros, el escritor Haroldo Conti, que había sido secuestrado meses antes que Oesterheld.

El Eternauta es, sin duda, una de las obras maestras del cómic de ciencia ficción. Relata una invasión extraterrestre de la Tierra y los intentos de resistencia de la población humana. Es llamativo que estos extraterrestres, que nunca son mostrados en la obra, actúan por medio de otros seres a los que controlan mentalmente, ya sean insectos gigantes, grandes lagartos o, incluso, miembros de otra civilización extraterrestre de carácter pacifista. También es llamativo que la sede de esos alienígenas esté situada, según el El Eternauta, en la Plaza del Congreso, lugar en donde se levanta el Palacio del Congreso de la Nación Argentina. La obra fue reeditada de forma habitual en diversas partes del mundo, y dio lugar a diversas continuaciones después de la desaparicón de Oesterheld. También hay que mencionar la polémica derivada de sus derechos de autor, ya que una conversación en la que a la viuda de Oesterheld se le animaba a conseguir dinero con ellos derivó en la cesión por su parte de todos los derechos a un tercero, algo que iba en contra, obviamente, de los intereses de los ilustradores.

Mort Cinder

No obstante, Oesterheld es algo más que El Eternauta. Otro cómic que habría que reseñar, de importancia fundamental en el futuro del género y considerado un clásico dentro y fuera de Argentina es Mort Cinder, publicado de forma periódica de 1962 a 1964. En él, el personaje de Mort Cinder, uno de los más interesantes del cómic hispanoamericano, entra en contacto con Ezra Winston, un anticuario que se verá envuelto, a su pesar, en una trama alrededor de Mort, un hombre cien veces muerto y resucitado que ha vivido algunos momentos fundamentales de la historia. Se trató de una historia de especial importancia para Oesterheld y su colaborador Breccia (que llegó a declarar que “antes y después de Mort Cinder, nada”), en parte hija de las particulares evoluciones estilísticas y personales de ambos. Para Breccia fue la obra cumbre de su carrera; para Oesterheld, una forma de reivindicarse como guionista de talento tras haber sido puesto en evidencia por sus trabajos posteriores a El Eternauta.

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Murió Rodolfo Fogwill

25 de agosto de 2010 en Noticias

Fogwill

El pasado 21 de agosto falleció el escritor (y publicista, y sociólogo, y polemista casi profesional) bonaerense Rodolfo Fogwill, víctima de un enfisema pulmonar causado por una vida de adicción al tabaco. Con su muerte se nos va uno de los personajes más peculiares de las letras hispánicas de las última décadas, alguien que fue perseguido por varios gobiernos argentinos (bien por “rojo” o bien por negocios poco claros), que conoció a Borges, que tuvo muchos hijos, y varios matrimonios, que usó la cocaína para escribir sobre la guerra de las Malvinas y acabó enganchado a muchas otras drogas que combatían sus crisis respiratorios. Que, en definitiva, vivió.

El haber mencionado la droga no es fortuito: por un lado, una de sus obras más famosas, la novela Los pichiciegos, existe gracias (como ya he mencionado) a la cocaína. Doce gramos de esta droga le sirvieron para terminar esta obra en el tiempo récord de seis días, seis días en los que dejó por escrito una lúcida novela sobre el conflicto de las islas Malvinas/Falkland que él mismo negó que tuviera un tono pacifista. No lo tiene: relatada desde la distancia, desde la frialdad, Los pichiciegos hace hincapié en las absurdas circunstancias de la guerra, de todas las guerras en general pero, sobre todo, de la guerra de las Malvinas, perdida desde antes de empezar. Una guerra que podría considerarse un montaje del gobierno militar que regía Argentina, deseoso de azuzar un patriotismo que ellos mismos, con su régimen de terror, persecuciones, censuras y prohibiciones, habían emponzoñado casi hasta la médula. La República Argentina recibió aire, o tal vez una transfusión de sangre, con esta contienda. El precio está claro: casi mil muertos, la mayor parte argentinos, y el doble de heridos. El Reino Unido aplastó casi literalmente la invasión del archipiélago, pero no a coste cero. Argentina perdió, pero el orgullo nacional de muchos no se vio resentido sino más bien al contrario, y todavía hoy se conmemora aquella guerra por algunos círculos. La derrota fue, eso sí, el principio del fin del gobierno militar, que no pudo recuperarse, y supone para toda una generación una vergüenza. No la vergüenza de la derrota, eso no: la vergüenza de la instrumentalización de las muertes de cientos de jóvenes compatriotas, marionetas del alto mando militar. Carnaza para la exaltación patriótica. Vendas para curar años de desapariciones y autoritarismo.

La otra obra más conocida de Fogwill es un cuento, Muchacha punk, que años más tarde dio título a una celebrada antología de relatos. Ambientado en Londres, su inicio es más que popular:

En diciembre de 1978 hice el amor con una muchacha punk. Decir “hice el amor” es un decir, porque el amor ya estaba hecho antes de mi llegada a Londres y aquello que ella y yo hicimos, ese montón de cosas que “hicimos” ella y yo, no eran el amor y ni siquiera –me atrevería hoy a demostrarlo– eran un amor: eran eso y sólo eso eran. Lo que interesa en esta historia es que la muchacha punk y yo nos “acostamos juntos”.

Escrito en 1978, de él dijo Fogwill que

(…) el relato venía sobrecargado de propósitos teóricos y abunda en guiños, anagramas, provocaciones al Estado policial de la época e insidias a escritores de moda

Curiosamente, Fogwill también sufrió dichas insidias en cuanto se convirtió en un autor popular. Se acusó incluso a ciertos círculos intelectuales de sobrevalorar tanto su obra como la importancia del autor en la literatura argentina contemporánea. Se tiene por habitual a Fogwill, no obstante, como uno de los cuatro imprescindibles de las últimas décadas junto con Piglia, Saer y Aira. Es más, se ha dicho que si en las últimas letras argentinas Piglia representaba la inteligencia, Saer la densidad y Aira la locura, Fogwill debía ser, obligatoriamente, los cojones.

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Maus, de Art Spiegelman

24 de agosto de 2010 en Reseñas

Maus

Con Maus: relato de un superviviente Art Spiegelman no sólo consiguió su mejor obra o una mención especial en el Pulitzer de 1992, también consiguió uno de esos breves momentos en que la miopía congénita que padecen no pocos popes literarios no impide que estos se rindan a un cómic. Maus consiguió incluso un exposición en el Moma de Nueva York.

Art Spiegelman nos cuenta la historia de su padre, joven polaco seguro de si mismo y casado con la heredera de una familia acomodada. A pesar de la tendencia a la depresión de su esposa son un matrimonio feliz, con toda la vida por delante. Pero Vladek y su familia son judíos un terrible “crimen” tras el triunfo del nacionalsocialismo en Alemania y la expansión de esta fuera de su territorio con la invasión de Polonia por parte del Tercer Reich. Vladek es llamado a filas para defender a su país del invasor como cualquier otro joven polaco. Tras su captura por parte de los alemanes y una accidentada vuelta a casa, todo ha cambiado.

Asistimos poco a poco al deterioro de la situación, como se van sucediendo los momentos de desesperación y los de esperanza, como se construye el gueto de Varsovia o como empiezan a llegar los primeros rumores sobre los campos, mientras la mayoría de la población mira para otro lado. En ese día a día, los intentos de mantener cierta fachada de normalidad parecen patéticos. Llega un momento, la deportación a los campos, en que ya nada puede mantener ese intento de normalidad o, simplemente, la esperanza.

Vladek va contando la historia a su hijo Art y es aquí donde Spiegelman va más allá del relato sobre el Holocausto, para enseñarnos lo que implicó la supervivencia para los pocos que lo consiguieron, como sus vidas y la de sus familias quedaron marcadas. Así, la narración se mezcla la historia principal del pasado con la vida de Vladek, refugiado en los Estados Unidos, en el presente y su relación con su hijo.

Spiegelman utiliza animales para representar a las diferentes partes de la historia: los nazis son gatos, los polacos cerdos, los franceses ranas o perros los estadounidenses. Los judíos son ratas dentro de la ratonera Polonia.

Es un relato duro (no podría ser de otra forma), desgarrador que el personal estilo de Art Spiegelman consigue dotar de gran realismo, a pesar de estar representada la historia por animales. Por que esta substitución de hombres por ratas o gatos en ningún caso supone una infantilización o dulcificación de la historia.

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Anécdotas de escritores VI

23 de agosto de 2010 en Divulgación

Byron

-A Ray Bradbury le ofrecieron una suma considerable (unos cien mil dólares) por adaptar el guión de Guerra y Paz para la versión cinematográfica de King Vidor (1956). Bradbury se negó, explicando que el libro nunca le había llamado la atención y que había sido incapaz de leerlo, a diferencia de su esposa, que lo leía constantemente. La película fue un gran éxito pero Bradbury no se arrepintió de su decisión, alegando que “algunas cosas no pueden hacerse por dinero”.

-Una de las obsesiones comunes a la mayoría de los escritores es la cantidad ideal de palabras que deberían escribirse al día. Si bien la media suele oscilar en torno a las 1000 palabras, existen casos extremos, como Trollope, que producía unas 1000 palabras por hora, entre las cinco y media y las ocho y media de la mañana; o como Joyce, al que en una ocasión un amigo le preguntó, tras encontrárselo por la calle, que si había tenido un día productivo. El autor irlandés le contestó que sí, ya que había conseguido alcanzar la tremenda cantidad de tres frases. Claro que, teniendo en cuenta la hechicería lingüística de Joyce, esto no sería moco de pavo.

-La célebre bailarina Isadora Duncan le escribió una vez al dramaturgo George Bernard Shaw, comentándole que deberían tener un hijo juntos. “Piénsalo”, le insistió, “con mi belleza y tu cerebro, ¡qué maravilla de niño sería!”. Bernard Shaw le contestó: “Sí. ¡pero qué desastre si fuera al revés!”.

-Durante una de sus giras por Estados Unidos para firmar libros y dar conferencias, Mark Twain visitó a un barbero local para que lo afeitara. Twain informó al barbero de que era su primera visita a esa localidad, y éste le dijo que era un buen momento para estar allí, ya que Mark Twain iba a dar una conferencia esa misma noche. El barbero le preguntó a Twain si pensaba asistir, a lo que éste respondió que “seguramente”. El barbero luego le preguntó si había comprado una entrada, a lo que el escritor respondió que todavía no. El barbero le informó de que se habían agotado las entradas, así que tendría que escuchar la conferencia de pie. A esto Twain contestó, suspirando: “Qué mala suerte tengo, ¡siempre tengo que estar de pie en las conferencias de ese tipo!

-El conocido poeta romántico Lord Byron le regaló en una ocasión una espléndida y lujosa biblia a su editor, John Murray. Murray se mostró orgulloso de tan generoso presente, hasta el día en que descubrió que Byron había hecho una pequeña alteración en el texto: el último versículo del capítulo 18 del Evangelio de San Juan, que decía “Barrabás era un ladrón”, tenía la palabra “ladrón” tachada y sustituida por “editor”.

-Sir Arthur Conan Doyle, el popular creador de Sherlock Holmes, disfrutaba gastándole a sus amigos bromas pesadas de bastante mal gusto. Un día envió doce telegramas a doce amigos suyos, todos ellos personas importantes y de bastante poder. El telegrama decía “Huye inmediatamente, han descubierto tu secreto”. En menos de 24 horas los doce habían abandonado el país.

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22 de agosto de 2010 en Divulgación

RAE

Aunque para muchos la Real Academia Española les resulte completamente ajena, la verdad es que es una institución vital para el mantenimiento y evolución de nuestro idioma, aunque, por supuesto, algunas de sus decisiones pueden causar controversia (un ejemplo sería todo lo relacionado con las tildes diacríticas o, también, la inclusión o no de ciertos términos). Fundada en 1713, algunos de los más importantes literatos, teóricos de la literatura o filósofos españoles han formado parte de ella. También hay omisiones vergonzantes, especialmente de mujeres, ya que la primera en convertirse en académica fue Carmen Conde, nada menos que en 1979, doscientos sesenta y seis años después del inicio de la RAE: Aún hoy la presencia femenina es anecdótica, con tan sólo cinco mujeres en contraposición a nada menos que treinta y siete varones. Para más inri, dos de esas cinco representantes aún no han tomado posesión de su cargo. Estamos hablando de la más reciente académica, Soledad Puértolas (electa este mismo año), y de Inés Fernández Ordóñez, elegida en 2008. Está por ver todavía quién sustituirá a los recientemente fallecidos Carlos Castilla del Pino, Francisco Ayala y Miguel Delibes.

En la actualidad son varios los escritores y escritoras electos, muchos de ellos suficientemente conocidos para el gran público. Tal es el caso de Arturo Pérez Reverte, Álvaro Pombo, Ana María Matute, Javier Marías, Francisco Brines, Antonio Muñoz Molina, Luis Goytisolo o Pere Gimferrer. Otros muchos son teóricos de la literatura, filólogos o filósofos, pero también hay casos más llamativos, como el de los periodistas Luis María Ansón y Juan Luis Cebrián, el director y guionista cinematográfico José Luis Borau o el dibujante Antonio Mingote, aunque hay que mencionar que los tres han hecho incursiones en la novela o la poesía. También es curiosa la inclusión del peruano Mario Vargas Llosa, que es, a la vez, académico en su país y en España.

No son casos extraños: a lo largo de su historia han pertenecido a la Academia personajes muy relevantes de la sociedad española, no todos estudiosos de la lengua o escritores. Tal es el caso de Emilio Castelar (presidente de la I República), Niceto Alcalá Zamora (su homólogo en la II Républica), Antonio Maura (cinco veces Presidente del Consejo de Ministros y uno de los políticos españoles más importantes de principios del siglo XX), Antonio Cánovas del Castillo (otro importante político, esta vez de finales del XIX) o Fernando Fernán Gómez (más conocido como actor que como literato). También, rizando el rizo, fue electo Santiago Ramón y Cajal, Nobel de Medicina en 1906, aunque murió antes de poder tomar posesión. Pero, por lo general, echando un vistazo a los miembros históricos de la RAE, poetas, dramaturgos y novelistas han tenido siempre una buena representación.

Algunos de los más conocidos serían los fabulistas Iriarte y Samaniego, Antonio Buero Vallejo, Camilo José Cela, Vicente Aleixandre, Manuel Machado, Benito Pérez Galdós, José Zorrilla, Ramiro de Maeztu, Juan Valera, Gerardo Diego, Pedro Antonio de Alarcón, Ramón de Campoamor, Pío Baroja o Dámaso Alonso.

Casos aparte serían los de Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Miguel Mihura, José Hierro y Jacinto Benavente, varios de los más grandes literatos del siglo XX español. Todos fueron electos pero, debido a sus muertes, nunca llegaron a tomar posesión. El caso de Jacinto Benavente es especialmente sangrante: habiendo recibido el Nobel de Literatura en 1922 no se entiende que no fuera nombrado académico hasta 1954, cuando ya contaba con 87 años. También es curioso el de Antonio Machado, electo en 1939 (su hermano pertenecía a la RAE desde tres años antes), cuando ya no estaba en condiciones de volver a Madrid para tomar posesión de su asiento.

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