Lecturalia Blog: reseñas, noticias literarias y libro electrónico

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Entradas de julio de 2010

La literatura de la conspiración

21 de julio de 2010 en Autores, Literatura, Narrativa

Skull & Bones

Es evidente que para las sociedades secretas resulta un problema que se pongan en conocimiento del público ya no sólo sus objetivos y miembros más relevantes, sino su propia existencia. La máxima de que sólo existe aquello que puedes nombrar se complementa con aquella otra que menciona que sólo puedes odiar aquello que conoces. No obstante, muchos se ceban con las sociedades secretas y les atribuyen horrendos propósitos que, la mayor parte de las veces, poco o nada tienen que ver con sus verdaderas motivaciones. Está claro que saber de la existencia de una organización no es equivalente a conocerla.

Muchos han sido, a lo largo de los siglos, los personajes importantes relacionados en mayor o menor medida con sociedades secretas de todo el mundo. Aunque habitualmente los más polémicos fueron los políticos y miembros del alto clero, en el siglo XIX se democratizó la demonización de miembros de estos grupos. La razón es sencilla: ya eran muchos los que, pese a no desempeñar labores políticas (ya fueran laicas o eclesiásticas), tenían poder e influencia. Así, los escritores empezaron a ser uno de los objetivos de los autores de teorías de la conspiración. Aún sorprende que las nuevas presas de estos “teóricos” (muchas comillas) no sean en estos momentos deportistas de élite. Todo se andará.

Algunas sociedades secretas con miembros literatos tienen, en realidad, un objetivo muy sencillo e inocente. Los llamados Apóstoles de Cambridge, por ejemplo, forman un club universitario de debate al que han pertenecido escritores tales como Frederick Maurice, Arthur Hallam, Lytton Strachey o Jonathan Miller, así como el político y filósofo Bertrand Russell. Cruzando el charco, y alrededor de otra famosa universidad, la de Yale, se desarrollan las actividades del grupo Skull and Bones. Dejando a un lado su carácter mucho más histriónico (y bastante tétrico), también ha contado entre sus filas, aparte de varios presidentes estadounidenses y del creador del fútbol americano, al poeta Archibald McLeish, al escritor y guionista Donald Ogden Stewart o al dos veces ganador del Pulitzer, David McCullough.

Una “sociedad” (realmente es sólo una reunión anual, no una asociación que requiera de membresía) de la que más se habla y escribe, ya que al parecer controlan absolutamente todos los resortes de poder del mundo actual, sería el Grupo Bildeberg. No se conocen con exactitud las listas de asistentes, pero no ha sido habitual (más bien lo contrario) la inclusión de escritores entre los “posibles“. No ocurre lo mismo con editores de literatura o, sobre todo, de prensa, lo que nos puede ayudar a entender por qué tantos escritores han criticado las reuniones anuales del grupo.

Sí que hubo escritores entre los miembros de otras organizaciones ocultas, tales como la Orden de Queronea, una asociación homosexual fundada en Inglaterra en 1897 a la que supuestamente perteneció Oscar Wilde. Su creador, el poeta George Cecil Ives, fue también jurista y gran defensor de los derechos de la comunidad homosexual. Según parece, los poemas de Walt Whitman fueron uno de los ejes de la Orden, hasta el punto de ser llamado por sus miembros como “El Profeta“. Otro escritor que perteneció supuestamente a este grupo fue Laurence Housman, así como el traductor y editor Montague Summers.

La otra cara de la moneda es justamente esa: la existencia de sociedades secretas ha generado una cantidad ingente de literatura al respecto desde hace siglos. Sin ir más lejos, podemos encontrar el excelente trabajo de los escritores León Arsenal e Hipólito Sanchiz Álvarez de Toledo Una historia de las sociedades secretas españolas, en el que hablan de grupos tan desconocidos como el de La Garduña. Pero la mayor parte de los escritores que se interesan por este tipo de organizaciones no suelen crear ensayos, sino novelas más o menos documentadas. Seguro que todos tenemos unos cuantos títulos en la cabeza ahora mismo, ¿verdad?

La desventaja sentimental

20 de julio de 2010 en Autores, Literatura, Literatura electrónica

Olor Libros

Hablamos mucho de las ventajas del libro electrónico sobre el de papel, no podemos evitarlo, nos encanta la tecnología y los avances, pudiendo parecer que estamos deseosos de la eliminación de los volúmenes tradicionales.

Nada más lejos de la realidad, si nos gustan los lectores de libros electrónicos es por la facilidad que ofrecen para leer libros, para devorar uno detrás de otro con mayor velocidad. Para mi, por ejemplo, eso es una gran ventaja. Leo a todas horas, en cuanto tengo ocasión, a veces por trabajo, a veces por diversión y a veces por una extraña mezcla de ambas que se llama «revisión de manuscrito», aunque ya no está escrito a mano en absoluto.

Un inciso. Soy incapaz de escribir a mano más de una o dos páginas, me resulta tedioso y complicado y tiendo a perder el hilo de lo que estoy haciendo. Mi mano ya se ha desacostumbrado a tomar cientos de páginas de apuntes y se resiente al rato de darle al bolígrafo. Por no hablar de mi facilidad para perderme haciendo dibujos en cualquier hueco en blanco que tengo a mi alcance. ¿Alguien sigue escribiendo a la vieja usanza, como Faulkner sobre el arado? ¿Luego pasa sus notas y las corrige de nuevo? Me temo que he sido asimilado por la tecnología…

Pero hablábamos del libro y el ebook y sus diferencias, más que de sus ventajas. Me llama la atención una cosa: uno de los principales motivos para preferir el libro físico al digital parece ser el olor. Yo, que siempre he sido de economía más bien corta, he construido la mayor parte de mi biblioteca a base de ferias de ocasión y librerías de lance, con lo que, aunque coincido que un buen libro recién comprado tiene un olorcillo característico, yo suelo asociar libro con olor a página húmeda con algo de óxido, y, con suerte, a absolutamente nada. Tengo también libros con olor a tabaco, a vino -permitidme la sensiblería-, a lágrimas… pero no es algo que me mate, la verdad. Yo asocio los libros a lugares, a los olores y sensaciones de allí donde los leí por primera vez; en un parque, en el sillón viejo de casa de mis padres, al lado de una chimenea, justo cuando aquella chica… ehem, creo que os hacéis una idea.

Desconozco qué puede pasar ahora con los e-books. Es cierto que al recorrer mi vista por la biblioteca no voy a ver los lomos de muchos de los últimos libros que ya he leído de manera electrónica. No estará allí un viaje a Barcelona o a Bruselas, o un fin de semana solo en casa, al menos no por separado. Sin ellos allí, ¿seguiré acordándome? ¿o me olvidaré de cómo y cuándo los leí? Ese es, para mi, el componente romántico, por llamarlo de alguna manera, el sentimental, si queréis, de los libros. Ni su olor, ni el sonido de las páginas o la emoción de secar flores entre sus páginas.

Por otro lado, nadie comenta la única ventaja del ebook cargado de DRM: Cuando vienen tus amigos a casa no se pueden llevar prestados tus libros. Y cuando digo prestados me refiero a ese secuestro, rapto y abducción mediante el cual desaparecen cada año un buen número de ejemplares de mi casa para no volverlos a ver jamás.

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William Faulkner

Los cinco libros de Moisés

19 de julio de 2010 en Literatura

Moises

Si dentro de la Biblia hay libros que puedan ser considerados importantes y que hayan influido en las sociedades cristiana y judía (y, en menor medida, en el Islam), estos son sin lugar a dudas los cinco primeros, el denominado Pentateuco, conformado por los textos que, en la tradición cristiana, son conocidos como Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Dentro de las tres categorías de libros que se han fijado para la Biblia (libros históricos, sapienciales y proféticos) estos cinco son, técnicamente, históricos, aunque habitualmente, y dada su importancia, se les suele encuadrar en una categoría separada y exclusiva para ellos. Esto responde a la propia naturaleza de los textos, que narran la historia de la humanidad desde su creación hasta la muerte de Moisés. Es el mismo Moisés al que se atribuye la elaboración del Pentateuco, y son estos los libros más importantes para el judaísmo y los que integran la Torá. Para los judíos la Torá es “la Ley”; para los cristianos se suele utilizar el término “ley mosaica” o “ley de Moisés”. La influencia de estos cinco controvertidos libros en ambas religiones es indudable.

Se podría decir que la práctica totalidad de las teorías judeo-cristianas más controvertidas desde el punto de vista científico e histórico aparecen en los cinco libros escritos supuestamente por Moisés: el creacionismo, teoría ya superada excepto en círculos extremistas (y que incluso es considerada como “metáfora” por varias iglesias, entre ellas la católica), queda explícito en el primero de los libros, el Génesis, a través de la archiconocida historia de la creación del mundo, de los animales y plantas que lo pueblan y, en última instancia, del ser humano, todo ello de la mano de un mismo ente (Dios) y en un tiempo récord, lo que supuso un grave problema a investigadores de siglos posteriores, que difícilmente pudieron casar la teoría de la creación recogida en la Biblia con los descubrimientos científicos y arqueológicos que demostraban que el hombre, si bien no viene del mono (como habitualmente se cree), sí posee un tronco evolutivo común con algunas especies de primates, en especial los llamados grandes simios. El creacionismo sigue siendo la teoría oficial acerca del nacimiento de la raza humana para millones de personas en todo el mundo.

El Génesis no habla solamente de la creación, desde luego, y allí podemos encontrar las historias referentes a Abraham, Jacob y José, entre otras, que hacen referencia (sumadas a la de Adán y Eva) a la Promesa, la Elección (del pueblo judío como escogido por Dios) y la Alianza entre Dios y los judíos. El Génesis, que evidentemente no fue escrito por Moisés y que con seguridad recoge (sobre todo en su primera parte) retazos de la tradición oral de los pueblos judíos de la Antigüedad, parece haber sido manipulado posteriormente a su confección para obviar ciertos temas “incómodos” para la sociedad judía, entre ellos el peso de la mujer en la religión. Hay que recordar que la religión judía, monoteísta y con un dios varón, se hizo fuerte en una zona de Oriente Próximo en el que el culto a una Diosa Madre (a veces relacionada con la Luna, otras con la naturaleza), que ellos llamaron Astaroth (equivalente a la Inanna sumeria, la Ishtar acadia o la Astarté mesopotámica, todas ellas provenientes de una tradición fenicia que no podía ser desconocida para los judíos) estaba muy arraigado. Convenía hacer hincapié en un Dios todopoderoso, varón, y que, por añadidura, había elegido libremente a los judíos y había pactado con ellos para ser su única deidad (no es cierto, pues, que el pacto fuera desinteresado: Yahvé, en realidad, está eliminando la competencia más directa, en este caso la de docenas de cultos orientales provenientes del Creciente Fértil o incluso de Europa).

Siendo serios, los cuatro libros siguientes tampoco son atribuibles a Moisés, ni siquiera aunque él sea parte activa de la historia que se está contando (después de todo, en el Éxodo, que narra la salida de Egipto del pueblo judío, Moisés juega un papel más que fundamental). Números, también muy histórico (y algo exagerado), o el Levítico, el más interesante de los cinco desde mi punto de vista al mostrarnos la religiosidad judía de la época en toda su ruda desnudez, no pueden sino ser transcripciones de la tradición oral de la época en que se escribieron, muy posterior a Moisés, pero es el quinto, el Deuteronomio, el que no deja lugar a ninguna duda, ya que ciertos aspectos de la decadencia en las costumbres que se mencionan, así como ciertas referencias documentadas a hechos concretos, son obligatoriamente posteriores a la muerte del supuesto autor.

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La Biblia

Un libro por minuto

18 de julio de 2010 en Autores, Literatura

Señor de las moscas

Internet ha supuesto un avance inmenso en el terreno educativo y, al mismo tiempo, cómo no, un retroceso. Y es que cuando uno se encuentra ante una asignación de lectura obligatoria, ya no hay que complicarse la vida: ya no es necesario buscar al estudioso de turno del que copiar, ni siquiera darse la ardua tarea de pasar los datos de una libreta a otra, ahora es tan fácil como buscar en la wikipedia, o en varios otras webs preparadas a tal efecto (no, no os vamos a facilitar los enlaces) para encontrar resúmenes, estudios y análisis de obras conocidas que sólo necesitan de un botoncito de impresora para engañar al profesor (aunque afortunadamente, los profesores también usan Internet y a veces se dan a la divertida tarea de introducir frases enteras en el Google para ver si aparecen).

Como una especie de parodia de esta tendencia, o tal vez una aproximación realista al mensaje con el que se quedan los lectores tras terminar algunos de los grandes clásicos literarios, existe la página web anglosajona Book-a-Minute (Un libro por minuto), que resume en escasas líneas, de manera humorística, el argumento de los libros más significativos. Aunque la web está, obviamente, en inglés, a continuación os traduzco algunos ejemplos de esta curiosa página web. Atención: No sigáis leyendo si no conocéis el final de los libros enumerados a continuación: Orgullo y prejuicio, el Infierno de Dante, El señor de las moscas, Retrato de una dama, La tempestad y David Copperfield.

-Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

Sr. Darcy:
Nada es lo suficientemente bueno para mí.
Srta. Elizabeth Bennet:
Nunca podría casarme con ese hombre orgulloso.
(Cambian de parecer).

-El Infierno de Dante

Una mujer hace que Dante pase por un infierno.

-El señor de las moscas, de William Golding

(Unos niños naufragan en una isla).
Ralph:
Necesitamos un fuego.
(Hacen un fuego. Se apaga).
Ralph:
Necesitamos un fuego.
(Hacen un fuego. Se apaga).
Ralph:
Necesitamos un fuego.
Jack:
Olvida el fuego. Vamos a matarnos entre nosotros.
Otros niños:
¡Venga!
(Y lo hacen).
FIN

-Retrato de una dama, de Henry James

Caspar Goodwood:
Soy un tío majo que te quiere y tengo mucho dinero. Cásate conmigo.
Isabel Archer:
No.
Lord Warburton:
Soy un tío majo que te quiere y tengo mucho dinero. Cásate conmigo.
Isabel Archer:
No.
Gilbert Osmond:
Soy un buscavidas manipulador que te destrozará la vida. Cásate conmigo.
Isabel Archer:
Vale.

FIN

-La Tempestad, de William Shakespeare:

Próspero:
Ariel, ayúdame a atrapar a mis enemigos en esta mi isla mágica.
(Próspero y Ariel usan su magia para atrapar a los enemigos de Próspero y llevar a cabo su venganza)
Próspero:
Ya es suficiente. Enemigos, os perdono a todos, y uno de vosotros se puede casar con mi hija. Yo me vuelvo a casa.

-David Copperfield, de Charles Dickens:

David Copperfield:
Ay, pobre de mí. Mi vida no es más que una suma de tribulaciones.
Agnes Wickfield:
Tienes que sobrevivir. Te amo, David Copperfield.
David Copperfield:
Gracias. Yo amo a Dora Spenlow.
Agnes Wickfield:
Todavía te amo, David Copperfield.
David Copperfield:
Te amo, Agnes Wickfield.
FIN

Podéis encontrar estos clásicos ultracondensados en la web de Book a Minute. Afortunadamente, la web no se limita a destrozar clásicos, sino también grandes obras de la ciencia ficción y fantasía, narraciones infantiles y películas. ¿Para cuándo un equivalente hispano? ¿Se atreverá alguien a realizar un compendio de dos líneas del Quijote? Seguro que cualquiera podría hacerlo mejor que los de Book-a-Minute:

-El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha:

Don Quijote:
Las leyes de la caballería me obligan a destruir esa cosa maligna.
Sancho Panza:
No, mi señor. Esa cosa es una cosa normal que no hace daño a nadie.
Don Quijote
(se cae)
FIN

Autores relacionados:
Charles Dickens
Dante Alighieri
Henry James
Jane Austen
William Golding
Libros relacionados:
David Copperfield
Divina Comedia
El retrato de una dama
El señor de las moscas
La tempestad

Diana Wynne Jones, creadora de mundos imaginarios

17 de julio de 2010 en Autores, Fantástica, Juvenil, Literatura

Castillo en el cielo

Aunque se han traducido y editado algunas de sus obras en España, es muy posible que a muchos de los lectores de este artículo el nombre de Diana Wynne Jones no les diga absolutamente nada. Y sin embargo, es un nombre íntimamente relacionado con otros que seguramente sí les sonarán.

Wynne Jones nació en 1934 en Londres, y en su autobiografía declara que su particular forma de escribir probablemente se deba a que con sólo cinco años el mundo se volvió loco. Y no es para menos, sus padres, pendientes del nacimiento de su tercera hija y asustados ante la inminencia de la guerra, llevaron a Diana y a su hermana Isobel (quien luego se convertiría en la célebre teórica literaria Isobel Armstrong) a vivir con sus parientes en la Gales profunda, algo que marcaría a las niñas para el resto de su vida. Aunque finalmente volvieron con sus padres en Essex, éstos se despreocuparon mayormente de sus hijas, ocupados por sus empleos como profesores, lo que les condujo a una infancia solitaria e imaginativa. Diana acabó entrando en Oxford, donde asistió a clases de grandes como C.S. Lewis o J.R.R. Tolkien. De Lewis, Diana recuerda que era un excelente orador, muy popular entre los alumnos. De Tolkien, que era importante sentarse lo más cerca posible del filólogo, ya que si no era imposible entender su suave murmullo. El mismo año en que se licenció, 1956, contrajo matrimonio con John Burrow, especialista en literatura medieval, con quien ha tenido tres hijos, Richard, Michael y Colin.

Es muy probable que siga sin deciros nada su nombre. Tal vez os dé más pistas si os digo que la mayoría de críticos coinciden en que J. K. Rowling le debe bastante a la Sra. Wynne Jones. Y es que todo esto de colegios para brujos, de niños con poderes, ya lo había hecho bastante antes Diana, y para muchos (entre los que me incluyo), bastante mejor. El humor oscuro de Diana, sus múltiples lecturas y su profundo conocimiento de la psique adolescente conducen a una serie de libros que, pese a su calificación de juveniles, son tremendamente adultos. La crítica está siempre presente en sus obras: la crítica a la discriminación, la crítica a la religión y al autoritarismo en todas sus formas; y un sentido agudo de empatía por esos terribles años de desconcierto que llevan a la madurez. Ha sido comparada frecuentemente con Neil Gaiman, autor con quien mantiene una estrecha amistad: ella le dedicó su novela Hexwood, y éste dedicó su conjunto de novelas gráficas Los libros de la magia a “cuatro brujas”, entre las que estaba Jones. En su país natal, Wynne Jones es una referencia constante para los escritores de fantasía, tal vez por su conocida obra La guía completa de Fantasilandia, en la que ridiculiza todos los tópicos de la fantasía de capa y espada.

Aquí en España, sin embargo, Wynne Jones ha dejado su marca sobre todo en los fans de Hayao Miyazaki (La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro), quien adaptó uno de sus libros para su película de animación El castillo ambulante, que fue nominada al Óscar en 2005. En el presente, Diana se está recuperando de un cáncer de pulmón, y a sus 76 años sigue escribiendo y publicando maravillosas obras de fantasía para niños y adultos.

Autores relacionados:
Clive Staples Lewis
Diana Wynne Jones
Joanne Kathleen Rowling
John Ronald Reuel Tolkien
Neil Gaiman
Libros relacionados:
El castillo en el aire
Hexwood

La Trilogía de Nueva York

16 de julio de 2010 en Autores, Literatura

Trilogia de Nueva York

Los aficionados a la narratología han intentado establecer, en muchas ocasiones, una barrera separadora entre los conceptos de autor implícito y autor empírico. El autor empírico sería aquel que escribe un texto, y el autor implícito, aquel que se define como autor del texto dentro de dicho texto. Como ejemplo archiconocido podríamos poner a Cervantes, como autor empírico del Quijote, frente al autor implícito Cide Hamete Benengeli; o también podríamos mencionar a Salinger como autor empírico de El Guardián entre el Centeno, frente al autor implícito Holden Caulfield. Por supuesto un texto puede tener varios autores implícitos. ¿Todo claro? Bien, es fácil, ¿cierto?

Por otro lado, según la relación del autor con sus textos, Gerard Genette, en La literatura de segundo grado (1989) habló de cómo una sola obra puede contener diferentes tipos de textualidad, y por tanto diferentes tipos de autor. En un texto podemos encontrar referencias a otros textos del autor (lo que se conoce como intratextualidad), referencias a un texto anterior que luego se modifica (conocido como hipertextualidad) o una relación crítica con otro texto suyo o ajeno (metatextualidad). Y algunos teóricos abogan por el uso del término “autor textual”, que sería la imagen del autor real o empírico impuesta por el texto que estamos leyendo. Si bien existen muchos más tipos de autor dentro de la narratología, existen otros tantos (y no siempre equivalentes) tipos de lectores: el lector real, el lector al que está dirigida la narración, etc. En muchos sentidos, el autor implícito no tiene por qué ser el narrador (que puede ser, en un texto determinado, un personaje que no es el autor ni empírico ni implícito), y le lector implícito o real no tiene que ser el narratario, por la misma razón. Por otro lado estaría lo que Walker Gibson y Booth definieron como el mock reader, ese lector hipotético que tiene en mente el autor cuando escribe. ¿A que la cosa se empieza a complicar?

Toda esta danza de autores y lectores queda perfectamente embrollada en La trilogía de Nueva York de Paul Auster. Compuesta de tres novelas: La ciudad de cristal, Fantasmas y La habitación cerrada, forma una tríada de intercambio y de mise en abyme francamente escalofriante, constituyendo sobre el papel la pesadilla de cualquier narratólogo. Su base es la novela negra, la novela de detectives, que es usada como justificación para desarrollar un profundo estudio sobre la naturaleza del lenguaje y de la propia escritura. Su amor por lo literario y lo lingüístico, ámbitos que entremezcla y con los que realiza complejos malabares, puede recordar en ocasiones a Umberto Eco, a sus juegos y enigmas. Sin embargo los enigmas de Eco tienen solución, aunque dicha solución no esté siempre presente en el texto, tienen un porqué y tienen una vida natural. Los enigmas de Auster existen sólo por el amor hacia el enigma en y se desvían significativamente no sólo de la novela de detectives clásica, sino de la propia estructura narrativa.

Auster

Lamentablemente, en su afán de teórico, Auster parece olvidar su perfil de narrador. No hablo del narrador como figura participativa del acto narrativo, sino del narrador como fabricante de historias. Auster usa a sus personajes para sus fines de teórico, no les concede personalidad propia ni les permite obtener vida más allá de las palabras: su creación de historias intrigantes y maravillosas termina, una y otra vez, en un derrumbamiento que sólo tiene sentido en su pletórico mundo de palabras, ninguno en el físico mundo de los eventos. Sus personajes enloquecen, una y otra vez, atrapados por una soga de frases y letras, de manera abrupta e inexplicable. No existe la acción narrativa: no hay cadena coherente de argumentos. La trilogía de Auster es un tremendo y excelso ejercicio de estilo, pero es muy posible que no esté compuesta de novelas.

Autores relacionados:
J. D. Salinger
Miguel de Cervantes Saavedra
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El guardián entre el centeno
El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha
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Holden Caulfield

Los libros de las primeras damas

15 de julio de 2010 en Autores, Biografí­as

Hillary Clinton

En Estados Unidos existe una tradición, me atrevería a decir que centenaria (ya que arranca en 1840), por la que cada cierto número de años entran en competencia en número de ventas dos biografías muy particulares: las de los presidentes y sus primeras damas. Aunque tradicionalmente las autobiografías de las señoras de los presidentes se han enfocado hacia un público mayoritariamente femenino (teniendo un formato más de diario de estilo y memorias que de autobiografía política; las memorias de Edith Wilson, por ejemplo, publicadas en 1939, aparecieron de manera serial en revistas para mujeres, cuyas lectoras estaban más interesadas en los vestidos que utilizaba la primera dama que en importantes encuentros diplomáticos), en los últimos años esto ha ido cambiando, siendo tal vez la obra de Hillary Clinton la de naturaleza más política (lo cual es lógico teniendo en cuenta su propia carrera, no necesariamente vinculada a la de su marido); y Laura Bush ha conseguido llegar recientemente nada menos que al número uno de la celebrada lista del periódico estadounidense The New York Times. Es en precisamente este periódico donde Craig Ferhman ha escrito un interesante ensayo (parte de un libro que está preparando sobre los libros escritos por presidentes de los EEUU) enumerando las memorias más exitosas y conocidas salidas de la pluma de estas “mujeres de”. Históricamente se trata de obras poco polémicas, en las que estas mujeres retratan el día a día en la Casa Blanca, y que sirven para que el ciudadano de a pie pueda satisfacer su curiosidad sobre cómo es vivir junto a uno de los hombres más poderosos del mundo.

Como ocurre con cualquier persona que esté en el punto de mira del público lector, en muchas ocasiones estas autobiografías surgen en respuesta a un gran número de biografías no autorizadas. Es evidente que, ante la oferta de múltiples obras que no son necesariamente fieles a la verdad, las personas aludidas sientan la necesidad de aclarar algunos aspectos de su vida sacados de contexto, exagerados o directamente inventados. En el caso de Laura Bush, la esposa de George W. Bush, antes de la publicación de su propia narrativa, había disponibles varias versiones de su vida, siendo las más conocidas las de Antonia Felix, Ann Gerhart o Beatrice Gormley. No parece, sin embargo, haber libros tremendamente sensacionalistas sobre la Bush; a pesar de las polémicas que siempre rodearon a su marido, Laura ha gozado de un inmenso aprecio y respeto por parte de la mayoría de los estadounidenses.

Por supuesto esta tradición de “presidentas” escritoras no se limita a Estados Unidos, pero no parece que aquí en España haya sido tan popular esto de escribir autobiografías, por lo menos en lo que se refiere a primeras damas. Exceptuando a Ana Botella y su Mis ocho años en La Moncloa, no parece que ninguna primera dama haya publicado una autobiografía (por favor corregidme si me equivoco). Es posible que esto se deba a la todavía joven democracia española, o a que, de muchas maneras, sigue siendo la Reina la que ostenta el cargo de “primera dama” española, como demuestra el gran número de ventas de sus libros-entrevistas por Pilar Urbano.

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Ana Botella
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Historia viva: Memorias

Grandes escritores que nunca obtuvieron un Nobel

14 de julio de 2010 en Autores, Premios Literarios

Borges

El año pasado, la página web compiladora de listas por excelencia, Listverse, publicó un artículo con los que concebía como los diez escritores más merecedores del Premio Nobel de Literatura que no habían llegado a conseguirlo. Seguramente, desde España, diríamos alguno más que se quedó en el tintero, pero éstos son los que ellos eligieron:

-Jorge Luis Borges. Borges se ha convertido en un auténtico referente cultural, y muchos de nosotros podemos preguntarnos exactamente por qué este icono literario no consiguió el anhelado galardón. La razón parece ser meramente política: al jurado no le gustó el apoyo que el escritor prestó al dictador chileno argentino Pinochet y a otros dirigentes de extrema derecha.

-Vladimir Nabokov. Muchos se cuestionan por qué el escritor de origen ruso, nacionalizado estadounidense, no obtuvo el galardón al estar nominado para ello en 1974 (al que también estuvo nominado Graham Greene), y las malas lenguas señalan que los que finalmente ganaron, de forma conjunta, Eyvind Johnson y Harry Martinson, lo hicieron gracias a que pertenecían al propio comité seleccionador del premio.

-W. H. Auden. Aunque para nosotros es menos conocido, Auden tuvo (y tiene) un inmenso peso en el mundo anglosajón, influyendo notablemente en el mundo poético. Sin embargo, una serie de errores que cometió al traducir una obra del ganador del Nobel de la Paz, Dag Hammarskjold, y su adherencia al rumor acerca de la homosexualidad de éste, le granjearon significativas antipatías que podrían haberle evitado ser galardonado.

-Robert Frost. Y ya que estamos en el tema de grandes poetas anglosajones, muchos se preguntan por qué uno de los más grandes no consiguió nunca el premio literario por excelencia. Frost obtuvo nada menos que cuatro Premios Pulitzer, pero esto no hizo inmutarse al comité sueco, que consiguió ignorarlo durante unos veinte años.

-Emile Zola. El grande del naturalismo, el excelente Zola, no fue premio Nobel. El porqué responde a una tonta confusión que le costó el trofeo a varios escritores más: una mala interpretación de la voluntad del difunto Alfred Nobel, quien estipuló que el Premio de Literatura fuera entregado a escritores con “la obra más notable de tendencia idealista”. El comité seleccionador, durante muchos años, interpretó esto de una forma política, manifestando que el autor galardonado debía cumplir con una serie de requisitos ideológicos ejemplares.

-Henrik Ibsen. Ibsen, el gran dramaturgo noruego, fue víctima también de esta confusión absurda. Los seleccionadores decidieron que no estaba “conduciendo al mundo literario en la dirección adecuada”, y fue sistemáticamente ignorado para el premio.

-Marcel Proust. El famoso autor de En busca del tiempo perdido fue también pasado por alto, aunque estuvo nominado en 1920. Se cree que perdió debido a que el ganador, Knut Hamsun, era de nacionalidad noruega, por lo que parece ser le era más simpático al comité sueco que el francés Proust.

-James Joyce. Nadie sabe muy bien por qué Joyce fue también olvidado. Considerado hoy en día uno de los mayores escritores de nuestro tiempo, nunca consiguió el ansiado premio.

-Leo Tolstoi. Nominado por muchos a mejor novelista de la historia, no pudo convencer al comité del Nobel, quien argumentó lo mismo que con Zola e Ibsen, marcando al célebre autor ruso como una víctima más de la controvertida y mal entendida última voluntad del creador del premio.

-Mark Twain. Es posible que aquí sea más que obvia la preferencia de los estadounidenses por su autor favorito. Si bien para los europeos Twain no es un escritor tremendamente relevante, para los lectores de Estados Unidos se trata de uno de los autores más influyentes de su historia. A éstos no parece hacerles mucha gracia que su escritor fetiche haya sido vencido repetidamente, en un total de diez ocasiones, quedándose sin premio.

¿Qué otros escritores, ya fallecidos, pensáis que merecían un Nobel pero nunca llegaron a recibirlo? ¿Conocéis otras posibles razones por las que los escritores mencionados no llegaran a tener el galardón en sus manos?

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Émile Zola
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Henrik Ibsen

Larra y Zola: El nacimiento del cuarto poder

13 de julio de 2010 en Autores, Literatura

Zola, Yo Acuso

Una de las figuras literarias españolas más importantes del siglo XIX fue el madrileño Mariano José de Larra (1809-1837), que aunque escribió algunas obras enmarcadas dentro del Romanticismo (como por ejemplo su novela El doncel de don Enrique el Doliente), es más conocido por sus artículos periodísticos. Éstos, que aparecieron en diversas publicaciones madrileñas firmados con varios pseudónimos, se consideran fundamentales para la consolidación del ensayo en España y del artículo de prensa, especialmente costumbrista y generalmente satírico, y son considerados como literatura con mayúsculas.

Larra, de todas formas, no es un caso aparte: han sido muchos los escritores que, en un momento u otro, han destacado por sus intervenciones (ya fueran periódicas o puntuales) en la prensa escrita. Tal vez, si hablamos de artículo periodístico escrito por un escritor reconocido y que tuviera la mayor repercusión deberíamos, obligatoriamente, referirnos al autor naturalista francés Émile Zola.

Al igual que Larra, que se suicidó, Zola también tuvo un final trágico, aunque aún no se sabe si se trató de un accidente (murió asfixiado por culpa de una estufa) o si se trató de un asesinato. Zola, que ya había sido años atrás muy polémico tanto por sus trifulcas con algunos miembros del oficialismo artístico parisino (criticando su inmovilismo y su veto a obras impresionistas) como por la crudeza de algunos de sus textos. Pero no cayó en desgracia hasta que se inmiscuyó de forma notable en el proceso abierto por traición al capitán del ejército francés Alfred Dreyfus. Dreyfus era un alsaciano de origen judío, que fue acusado de espionaje y de haberles facilitado documentos secretos a los alemanes. En esto subyacía un doble prejuicio de la época: el de que cualquier alsaciano era susceptible de pasarse al bando alemán y, sobre todo, y lo que motivó al fin la polémica, el hecho defendido por múltiples capas de la sociedad francesa de que los judíos no eran de fiar. Dreyfus fue condenado a cadena perpetua en una de las prisiones más temibles del planeta, la de la Île du Diable, en la Guayana Francesa. Aunque más tarde se comprobó que el traidor no había sido Dreyfus, sino el comandante de origen húngaro Ferdinand Walsin Esterhazy, la justicia francesa puso todos los impedimentos posibles a la celebración de un nuevo juicio. Finalmente éste se celebró (tras cuatro infernales años de Dreyfus en la Guayana), siendo condenado Dreyfus de nuevo pero “con atenuantes”, siendo finalmente indultado debido a su lamentable estado de salud. Poco tiempo después fue rehabilitado y reintegrado al Ejército Francés con el grado de Comandante, ejército con el que llegaría a luchar en la Primera Guerra Mundial.

Pero a nadie se le escapa que fue un artículo periodístico del escritor Émile Zola el que supuso un antes y un después en el caso Dreyfus. Zola escribió una carta abierta al Presidente de la República, Felix Faure, que fue publicada en la primera página del diario L´Aurore el día 13 de enero de 1898. Hasta entonces la mayor parte de la sociedad francesa, manipulada por los medios de comunicación afines al gobierno y abiertamente antisemitas, se encontraba totalmente a favor del castigo impuesto a Dreyfus; tras el alegato de Zola, titulado “J´accuse” (“Yo acuso”), gran parte de los intelectuales franceses y de la burguesía urbana tomaron partido por Dreyfus, desencadenándose una serie de revueltas que hicieron notar al gobierno la obligatoriedad de terminar cuanto antes con el asunto. El affaire Dreyfus acabó de forma satisfactoria, pese a la tardanza, para el oficial francés, no así para Zola, que pasó sus últimos años escondido en Londres y que, nada más regresar a Francia, murió en circunstancias más que extrañas.

No existen, desde luego, muchos paralelismos entre Larra y Zola: pertenecieron a movimientos literarios distintos e incluso escribieron para prensa de ideología poco afín, pero qué duda cabe de que el poder de la prensa, un medio que todavía estaba dando sus primeros pasos, ya se estaba gestando: que dos de los mayores literatos del siglo XIX alcanzaran notoriedad gracias a opiniones controvertidas difundidas por la prensa dice mucho de la fuerza con que ya entonces contaba el denominado cuarto poder. Después de todo, y contemporáneamente al asunto Dreyfus, Estados Unidos le declaraba la guerra a España en parte gracias a una campaña orquestada por los medios de comunicación en manos del magnate William Randolph Hearst.

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El doncel de don Enrique el doliente

El nombre de la rosa: Best-Seller con múltiples lecturas

12 de julio de 2010 en Autores, best-seller, Literatura

Nombre rosa

Seamos sinceros: no es común que público y crítica coincidan en sus gustos. Novelas que en los últimos veinte años se han convertido en auténticos superventas, convirtiéndose en fenómenos mediáticos, han sido vilipendiadas por la prensa especializada o, en el mejor de los casos, ignoradas sistemáticamente. Los pilares de la tierra, de Ken Follett, ha sido acusada de ser demasiado efectista (los consabidos cliffhangers constantes en cada final de capítulo no son del gusto de la crítica, aunque el público los adore en literatura, cine y televisión); El código Da Vinci, de Dan Brown, de no ser congruente y de tener una prosa simplista; la saga Harry Potter, de J. K. Rowling, de no ser original y de estar basada en otros libros que no acredita; la saga Crepúsculo, en fin, de ser una literatura juvenil de muy baja calidad. El público, no obstante, no atiende a estas razones, y todos estos libros y series de libros se convirtieron en su día en auténticos movimientos de masas. Algunos lo siguen siendo. Han sido adaptados al cine (la obra de Ken Follett es la excepción, por ahora), han hecho correr ríos de tinta en prensa especializada (o no), Internet, etc., y han pasado a formar parte del imaginario popular actual. Le guste o no a los críticos.

No es habitual, por tanto, que crítica y público coincidan. La novela El perfume, de Patrick Süskind, publicada en 1985, lo consiguió parcialmente, aunque no ha estado exenta de malas críticas. Críticas que, en cualquier caso, no fueron unánimes. Nada comparable, desde luego, al gran best-seller bien valorado por la crítica por excelencia de los últimos años, El nombre de la rosa, del italiano Umberto Eco. Esta novela, publicada en 1980, sigue, treinta años después de su publicación, estando de actualidad. Dudo mucho, por ejemplo, que los libros de la saga Crepúsculo vayan a perdurar tanto en el tiempo: Eco, que más que escritor es un teórico literario, escribió una obra que está más allá de modas pasajeras (en el caso mencionado, los populares vampiros), y construyó una novela casi redonda en la que, según el lector, se habla de una cosa… o de otra totalmente distinta.

Para el lector menos ducho, El nombre de la rosa es una novela detectivesca ambientada en la Edad Media. Esto es indudablemente cierto: la trama de la novela, en la que Guillermo de Baskerville y su inseparable Adso de Melk se introducen en una abadía italiana plagada de misterios, no tiene nada que envidiarle a algunas de las novelas más lúcidas de este género. Guillermo de Baskerville no es, evidentemente, más que un proto-detective, dado el contexto histórico, pero se reconocen en él muchos rasgos que luego encontraremos en los grandes referentes literarios de este tipo de literatura.

Nombre rosa

Pero El nombre de la rosa es mucho más, y al menos hay que mencionar otras dos lecturas diferentes alejadas del género detectivesco. En primer lugar, la novela es un pequeño tratado sobre la religiosidad de la época que hace especialmente hincapié en los movimientos heréticos que, aparecidos desde el mismísimo interior de la Iglesia Romana, se expandieron por gran parte de Occidente, convirtiéndose en todo un problema para el Papado debido a que su diferente concepción del cristianismo, seguramente más cercana a la de los primeros cristianos que a la del poder eclesiástico medieval, amenazaba con poner en jaque a la supremacía espiritual del Santo Padre en vastas extensiones de tierra por toda Europa.

Una tercera lectura se puede extraer de la novela: Umberto Eco, tras actuar como novelista en cuanto a la trama y como historiador y sociólogo en cuanto al contexto, no puede sino introducir elementos propios de la disciplina de la que es especialista, la semiótica, en el desarrollo de los acontecimientos. Desde el mismo título, muy significativo, Eco deja bien clara su intención de no elaborar una novela al uso, plana y sin sustancia, y durante cientos de páginas nos sumerge en un lenguaje polisémico, repleto de imágenes sensoriales e intelectuales. Asimismo, se adentra en los símbolos propios de la cultura de la época, heredera de la Antigüedad Clásica (aunque a alguno de los personajes de la novela esto no les resulte adecuado). Estamos ante una novela que es un tres en uno, lo que permite que sea releída una y otra vez hasta conseguir desvelar todos los misterios que contiene, lo que seguramente explique su inmensa e incansable popularidad.

Autores relacionados:
Dan Brown
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Patrick Süskind
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Libros relacionados:
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El nombre de la rosa
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Personajes relacionados:
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