El hombre inquieto, de Henning Mankell
Mankell cierra de manera definitiva su serie de novelas protagonizadas por el inspector Kurt Wallander con El hombre inquieto, una historia en la que el aspecto personal de Wallander se vuelve más importante que nunca y con una trama más cercana a la novela de espías que a la narrativa policial.
En esta historia final, Wallander investiga la desaparición de su consuegro, Hakan von Enke, antiguo comandante de submarinos en la armada sueca, enfrentándose a una trama cuyas raíces se hunden hasta los años ochenta y la parte más dura de la guerra fría.
El hombre inquieto se situó a finales de 2009 como uno de los libros más vendidos en España, Mankell siempre ha sido muy bien recibido en el mercado en español y había mucha gente esperando la novela que iba a suponer el adiós de uno de los personajes que más ha marcado la evolución del género en Europa durante los últimos años.
¿Qué nos ofrece Mankell? Por un lado tenemos la trama, la intriga, una confabulación de espionaje y política sueca que me ha dejado bastante frío, la verdad. Los años ochenta en Suecia con la socialdemocracia y Olof Palmë son, para la gente de mi generación, quizá demasiado lejanos como para seguir la trama. La política sueca y sus ramificaciones, tratadas de manera muy realista y poco sensacionalista -al contrario del ruidoso Larsson-, apenas han logrado captar mi atención. Teniendo en cuenta que son la base de la historia, la novela de espías que es El hombre inquieto roza el aprobado, y sólo gana interés en los últimos capítulos, donde Mankell se saca de la manga unos convenientes personajes para ayudar un poco a Wallander, en los que se avanza con algo más de soltura.
La trascendencia política no le sienta bien a Wallander, como en Los perros de Riga, El hombre inquieto se pierde en piruetas poco interesantes de laberintos políticos y contraespionaje, dejando la trama en un lugar muy secundario frente a lo personal, más que otras veces y perdiendo ese notable equilibrio que hacía grande al personaje.
Hay pocos personajes más maltratados por su autor que Wallander por Mankell, la verdad. Desde el principio de sus andaduras hemos visto cómo la angustia vital del inspector sueco se volvía más y más grande, bien por su relación con las mujeres -tormentosa en el mejor de los casos-, con su hija -con numerosos altibajos-, el alcohol -siempre presente-, su padre -cuya muerte es incapaz de superar-, o la propia naturaleza de su trabajo, que siempre piensa en abandonar.
Este último libro no es diferente. Wallander se enfrenta definitivamente a su vida y no sale bien parado en absoluto. Con la amenaza de la diabetes, las pérdidas de memoria, el cansancio que arrastra tras la visita de su amada Baiba… Si bien Mankell da el final que se espera tras leer todas sus novelas, no deja de ser una puñalada. Wallander desaparece de la más cruel de las maneras posibles, por muy realista que pueda ser, dejando el autor un sabor a cenizas y una sensación amarga con sus últimas líneas. Un adiós sin agradecer los servicios prestados a uno de los personajes más humanos de los últimos veinte años.
En cuanto a la traducción de Carmen Montes, buena, como en anteriores libros de Mankell, aunque en esta ocasión me ha parecido que la corrección de estilo no ha sido tan fina como en otras ocasiones, sorprendente en un libro de Tusquets.
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25 de enero de 2010 a las 12:40
Muchas gracias pro esta reseña y por incluir una crítica de la traducción, ya que ésta -para bien y para mal- influye de forma importante en la percepción de la obra.
Aunque la crítica no es muy favorable y confirma mi propia opinión acerca de los últimos libros de Mankell, leeré el libro para cerrar la “saga Wallander”.
25 de enero de 2010 a las 12:53
Hay que aclarar, claro, que el libro está algo por encima de la media, situación que para un libro de Wallander resulta un poco decepcionante.
26 de enero de 2010 a las 22:33
Totalmente de acuerdo contigo: las obras con base política no le van bien a Kurt Wallander. Las últimas frases de la novela son más impactantes, después de haber leído las novelas de la serie de Wallander, y demasiado crueles para el protagonista… pero así es la vida, ¿no?
1 de febrero de 2010 a las 13:26
Hola:
Gracias por el comentario sobre la traducción. Me suscita, no obstante, una serie de interrogantes, ya que de él se desprende que un mayor esmero por parte del corrector de estilo habría mejorado la traducción. Resulta que el cometido del corrector de estilo no es ése en absoluto. El traductor ha de ser fiel al estilo literario del original. Y el corrector de estilo ortotipográfico no debe en modo alguno intervenir en la alteración de ese estilo. La diferencia que aprecia usted con respecto a las anteriores novelas podría deberse a otras variables, en las que rara vez se repara…
Pudiera ser, verbigracia, que le ocurriera a Henning Mankell lo que al gran Julio Verne. Una buena traducción de L’oncle Robinson nunca resultará tan lucida como una no menos buena de Vingt mille lieues sous les mers, por la nada despreciable razón de que también los originales del autor francés difieren, y mucho, en calidad.
Atentamente,
Carmen Montes Cano
1 de febrero de 2010 a las 13:41
Hola Carmen, muchas gracias por tu comentario (nos sentimos halagados de que nos leas)
Hay que aclarar que hablamos de un nivel máximo de exigencia, no sé si me explico. Estando acostumbrado a un trabajo casi perfecto, cualquier detalle -sobre todo cuando lees pensando en cómo reseñar- puede parecer más grande de lo habitual.
En resumen, una buena traducción, un buen libro y pequeños detalles -¿traductor? ¿corrección final? ¿ignorancia por mi parte?- que me han llamado la atención, pese a que es probable que puedan pasar desapercibidos. Todo, ya digo, muy personal y que no debería alejar, ni por un momento, a nadie de El hombre inquieto.
1 de febrero de 2010 a las 15:09
¿Halagados? No…
Lo que yo quería decir, muy sucintamente, es que la traducción buena lo es en tanto en cuanto refleja el carácter y el estilo del original.
Y que el corrector de estilo (ortotipográfico, insisto) no tiene ni arte ni parte en lo que al estilo literario resultante se refiere.
Al sumar esos dos sumandos, obtenemos la siguiente suma: ni el corrector ni el traductor son necesariamente responsables de un estilo literario deficiente o flojo.
Para hacer crítica de la traducción, no basta, quizá, con leer una novela traducida y opinar más o menos alegremente sin tener en cuenta variables diversas.
El original es un pdf: no nos es dado alterarlo.
1 de febrero de 2010 a las 15:16
Respecto al comentario de Carmen Montes Cano, no veo en ningún momento que el Sr. Álamo desmerezca la labor del traductor, sino del corrector de estilo, probablemente porque haya encontrado algún que otro fallo de tipo ortotipográfico, o incluso gramatical, que inevitablemente hasta al traductor más eficiente se le puede escapar y que queda en manos del corrector subsanar. No veo ninguna crítica a la traducción.
1 de febrero de 2010 a las 15:22
En efecto, es difícil leerse el original en sueco y valorar la traducción. De ese modo la considero en cuanto a la corrección de esta en el idioma en que la leo, español en este caso, así como el uso de ciertos términos (por ejemplo, del mundo naval y de la armada). Siempre he creído, aquí puede estar mi error, que el corrector de estilo, en una traducción, además de arreglar las erratas y poner comillas correspondientes, y muchas más cosas, debería marcar los posibles errores en la construcción de las frases -en castellano- para que el traductor considerara si había algún desliz. Si no es el caso, entonces los fallos que he creído apreciar, siempre en mi opinión, en El hombre inquieto no son un problema del corrector de estilo, son de la traducción. Siempre, claro, desde mi opinión no académica y no formal, como se puede apreciar en el todo y ejecución de la reseña.
1 de febrero de 2010 a las 15:28
@Victoria Moreno ha expresado claramente lo que quería decir. Yo creía que esos fallos -que en realidad no afectan al estilo ni a la calidad general de la traducción- se subsanaban -en la medida de lo posible- antes de que el libro se diera por terminado. Por eso hablaba de la corrección de estilo y no de la traducción, ahora, si no es así, desde luego que estoy confundido.
2 de febrero de 2010 a las 8:48
Hola Carmen:
Como traductor y compañero ACEttero quiero agradecerte que hayas compartido aspectos laborales de nuestra profesión en este blog. Evidentemente existe un gran desconocimiento acerca de los aspectos de nuestro trabajo, pero no creo que sea este el foro para discutirlos. Y es que no creo que nuestras (malas) condiciones de trabajo sea algo que deban tener en cuenta los lectores, ya que, igual que en otras obras (culturales o no), lo que para ellos cuenta es el resultado que, en este caso, ha sido el objeto de la crítica por parte de Alfredo. Él valoró el conjunto de la obra como cualquier lector que no tiene acceso al original y, por lo tanto, sólo puede juzgar al autor y el libro por su traducción. Francamente, me alegro de que cada vez más publicaciones y foros literarios subrayen el trabajo y mérito de los traductores y someten su trabajo a la misma crítica que al autor original. Esta circunstancia, a la larga, contribuirá a concienciar a los lectores de que, lo que tienen entre manos, es un producto de varias personas (autor, traductor, corrector).
De nuevo, gracias a Alfredo por incluir una referencia a la traducción en su reseña y gracias a ti Carmen, por hacer posible que leamos Mankell en castellano.
2 de febrero de 2010 a las 11:04
¡Hola a todos y hola, André!
Vaya, parece que he suscitado cierto movimiento en este hilo, aunque espero que sin resquemores.
Bueno, tenéis razón, ahora que Alfredo lo ha explicado, en que quizá sobreinterpreté su comentario. Lo siento.
Como es moneda común que se crea qeu el corrector de estilo corrige el estilo literario y no se especificaba mucho y dudo de qeu el lector común y corriente entienda la diferencia…
Como quiera que sea, creo que procede hablar de las condiciones de los traductores allí donde se los mencione. De hecho, es una vía ideal para concienciar al lector común e incluso al menos común. No en vano, de esas condiciones depende, en grandísima medida, el resultado de su trabajo.
A menudo ocurre, cuando se habla de traducción, que todos estamos diciendo lo mismo, pero tardamos en darnos cuenta.
Por supuesto, yo también doy las gracias por esta oportunidad para hablar de ello.
Y por la lectura, cómo no.
En realidad, la que se siente halagada soy yo.
27 de abril de 2010 a las 8:36
Hola a todos!
Estoy a a mitad de la lectura y estoy descubriendo que en este (es el único que me falta) Mankell no anda nada fino con las fechas. De hecho al comienzo del libro se hace un pequeño lío entre la fecha sus vacaciones forzosas, la fiesta de cumpleaños y el nacimiento de su nieta. Más tarde se asegura que Atkins es unos años menor que Hakan y luego resulta que son de la misma edad y ayer descubrí que el espía de la RDA Eber se cargo al espía ruso con !!!14 años!!!. (10 años menos que Wallander, luego en 1972….)
Es una pena y no se si se está reflejando la decadencia de Mankell en la del propio Wallander.
9 de agosto de 2010 a las 20:00
Saludos desde México, buenos todos los comentarios sobre el libro, pero pidiendoles un favor cual sería el orden correcto para leer la saga “Wallander”, parece que hay dos lineas sobre lo que escribe este escritor sueco, de antemano les agradezco lo que me puedan orientar y saber cual será o es el último libro.
Hasta pronto
10 de agosto de 2010 a las 8:01
Si accedes a nuestra ficha de personaje sobre Wallander http://www.lecturalia.com/personaje/kurt-wallander encontrarás los libros en los que aparece por orden cronológico. Como comentamos en el post, El hombre inquieto es el último de los libros protagonizados por el detective sueco.
3 de febrero de 2011 a las 10:52
estoy muy disgustado con Mankell, no se puede maltratar asi a los lectores, Wallander no se merece este final, es indignante…si me cruzo por la calle con Mankell le meto un cate…estoy muy mosqueado ahora mismo…no puede tener un final mas cruel!!! el peor sin duda para una persona…exigo una rectificación inmediata
3 de febrero de 2011 a las 10:56
Por cierto respecto a la traduccion, tan solo he detectado el uso del “haber” en lugar de “tener” en alguna frase.